Paisajes rurales y ovejas de colores: Un recorrido por el sudoeste de Irlanda

Maren y Sebastian pasaron dos semanas explorando el Kerry Way a pie. La impredecible meteorología de mayo les mostró la belleza más abrupta e insólita de la Isla Esmeralda.

El sol matutino ha sido absorbido por una enorme nube plomiza. De ella descienden las gotas a medida que nosotros ascendemos un paso de montaña en el parque nacional Killarney. Lleva dos horas lloviznando y el cielo parece amortiguar los sonidos que nos rodean. Nuestra ruta empieza en la parada de autobús de la cascada de Torc y, desde aquí, tenemos dos semanas para explorar el Kerry Way: 220 km de viejas rutas comerciales, caminos solitarios y senderos que atraviesan las montañas más altas de Irlanda.

Avanzamos un buen trecho por un prado cenagoso sobre desgastados tablones de madera que se tambalean a nuestro paso y, aunque parecen haber sido puestos al azar, resultan de gran utilidad.

Poco antes de llegar al punto más elevado de la jornada (280 metros), vemos un grupo que viene en nuestra dirección, los únicos senderistas a la vista aparte de nosotros. Cuando están más cerca, vemos que son adolescentes, probablemente una excursión escolar. Van con pantalones cortos, sudaderas empapadas y zapatillas de correr llenas de lodo; solo los dos profesores llevan chubasquero. Nos apartamos para dejarlos pasar en fila india por los tablones. El mal tiempo no ha debido de afectarlos en absoluto, porque nos saludan muy simpáticos. Protegidos por nuestra ropa impermeable observamos a los chicos y chicas, despreocupados a pesar de las tres horas de caminata por colinas solitarias que los separan de la parada de autobús en el pueblo más cercano.

Perseguidos por la lluvia, seguimos caminando hacia el objetivo de hoy: un albergue en el Valle Negro.

Tres horas más tarde y calados hasta los huesos, llegamos al destino de muy buen humor ante la idea de un delicioso plato de pasta y un té calentito. Nos quitamos la ropa mojada y nos damos una buena ducha. Después, sentados en la cocina, contemplamos el burbujeo del agua donde se cuece la pasta. Servida con salsa de tomate directamente del bote, nos sabe de rechupete tras una primera etapa pasada por agua. Con la tripa llena, nos disponemos a estudiar las siguientes etapas de la ruta. Estamos a un día a pie de la montaña más alta de Irlanda: Carrauntoohil, el punto álgido del viaje. Echamos otro vistazo al mapa y nos acostamos.

A la mañana siguiente, no hay ni rastro de lluvia y el Valle Negro muestra su cara más soleada. Parece que podremos disfrutar de un precioso día de primavera.

Empezamos la segunda etapa por un camino parcialmente cubierto por la vegetación del valle que conduce hacia el Distrito de Reeks. Pronto nos encontramos en un antiguo sendero de pastoreo completamente anegado de agua. Menos mal que nuestras botas impermeables se han secado por la noche…

No nos topamos con ningún pastor, pero sí con multitud de ovejas con coloridas marcas en la lana. Unos días más tarde, la dueña del bed and breakfast donde nos alojamos nos explica su significado: «Como las ovejas saltan fácilmente las cercas y muros entre los pastizales y campan a sus anchas por las colinas, los pastores las marcan con pintura de colores en spray para saber cuáles son las suyas».

El Valle Negro es uno de los lugares más recónditos de Irlanda y con la menor densidad de población de la isla. Es un lugar desolado y bastante elevado con varias granjas abandonadas. Desde el final del valle, ascendemos por charcos de lodo y peñascos resbaladizos hacia el paso de Bridia. Estamos flanqueados por el Caher, la tercera montaña en altura de Irlanda, y la cumbre del Broaghnabinnia. Desde este punto, tenemos una vista privilegiada: al este, el abrupto Valle Negro; al oeste, el bonito valle de Bridia con sus granjas, praderas verdes y pequeños bosques. Cuando llegamos al fondo de este último valle, vemos un cartel pintado a mano a la entrada de la granja: «Cafetería». Bordeamos el recinto hasta encontrarnos con una terraza interior, pero está cerrada a cal y canto y no se ve ni un alma. Justo cuando nos íbamos a dar la vuelta, aparece un hippie de cabellera canosa: «Hola, chicos. ¿Qué queríais?». Pedimos un café y una buena porción de helado casero. El dueño nos lo trae a la mesa y nos pregunta de dónde somos. «De Alemania», le respondo.

«Eso creí por el acento —dice sonriendo—. ¿Vais a Lough Acoose? Aprovechad para coger fuerzas, el ascenso es bastante empinado». Seguimos su consejo y nos quedamos sentados disfrutando de las vistas otro rato.

«Las vistas del valle de Bridia desde esta altura son impresionantes.»

En efecto, la subida es bastante dura. Por un sendero angosto, caminamos entre ovejas intrigadas y, como quien no quiere la cosa, acumulamos 300 metros de desnivel positivo. Las vistas del valle de Bridia desde esta altura son impresionantes. Vemos el Caher y el Carrauntoohil, las montañas más altas de la isla, con el lago Lough Acoose a sus pies. Más allá, en el horizonte, el Atlántico resplandece en la bahía de Dingle.

Los dos ascensos de hoy se dejan notar en las rodillas, pero desde aquí arriba vemos a lo lejos el destino marcado para esta etapa en la orilla del lago. Hacemos una parada, comemos unos frutos secos y comenzamos el descenso.

Todavía falta mucho para llegar al bed and breakfast. Cuando por fin lo hacemos, Mary, la dueña, nos saluda en la puerta. Nos quitamos las botas y, en calcetines, nos sentamos en el porche cubierto que hace las veces de salita de estar para los huéspedes. Nos sirve un té con galletas de mantequilla caseras y nos pregunta por nuestros planes. Mientras Maren le cuenta que queremos subir al Carrauntoohil al día siguiente, yo echo un vistazo a la pared, donde cuelgan fotos y postales de otros huéspedes. Las fotos, sobre todo las de Mary con su hijo, me hacen sentir como en casa. Impresionada por nuestros planes, hace una excepción y acepta servirnos el desayuno a las seis en vez de a las ocho para que nos dé tiempo a terminar la ruta. Por la noche, nos vamos directos a la cama después de una rica cena vegetariana.

«Varias ovejas que pastan junto al camino nos miran impertérritas mientras ascendemos entre jadeos y sudores.»

Nos levantamos al alba y miramos el tiempo: la predicción augura un buen día, aunque, de momento, el cielo está gris y las nubes cubren por completo las montañas. Seguimos un camino rural totalmente desierto (a estas horas todavía no hay nadie por aquí) y enseguida llegamos a un pequeño aparcamiento. De aquí, sale un ancho camino de hormigón que sube hacia las montañas con un grado de inclinación asombroso. Varias ovejas que pastan junto al camino nos miran impertérritas mientras ascendemos entre jadeos y sudores.

Avanzamos a trancas y barrancas hasta llegar a los pies de MacGillycuddy’s Reeks, una cordillera en forma de herradura que reúne los picos más altos de Irlanda. Con ayuda de nuestro GPS Garmin, seguimos por un terreno enlodado hacia lo alto. Sin un sendero a la vista, vamos a campo través surcando los pastizales hasta que llegamos a un camino de grava gruesa. El Carrauntoohil tiene 1038 metros, pero debido al área plana que lo circunda y a sus cumbres secundarias, una vez arriba nos espera un recorrido con 1000 metros de desnivel positivo. Con dificultad, encontramos una senda que conduce a lo alto. A la derecha, anchos prados, y a la izquierda, una escarpada pared de roca. Cuando llegamos al Caher, una cumbre secundaria, el tiempo ha empeorado y nos vemos envueltos en una densa nube.

Está claro que, así, no podemos seguir avanzando. Tan siquiera se ve por dónde va el camino y es muy probable que acabemos en el sitio equivocado o rodando por un barranco. Decidimos hacer un descanso sentados en unas rocas para comer unos frutos secos. De pronto, un haz de color emerge de la niebla: parece que una oveja y su cordero han querido degustar hoy la hierba a mayor altitud de toda Irlanda. Al vernos, frenan en seco, sorprendidos, y desaparecen por donde han venido. Después de media hora, las cumbres siguen enterradas en un espeso algodón y, una a una, el frío atraviesa todas las capas de ropa que llevamos. Con gran pesar, nos damos la vuelta. La cumbre es el momento estrella del Kerry Way y nos da rabia tener que renunciar estando tan cerca.

Estamos decepcionados, pero somos conscientes del riesgo que supondría seguir. Tras solo unos minutos de bajada, salimos de la nube y admiramos el maravilloso paisaje. El algodón sigue anclado a las cumbres de MacGillycuddy’s Reeks.

De vuelta en el alojamiento, Mary se pone muy contenta al vernos. Nos explica que, al no ser muy alta, muchos senderistas subestiman la montaña y no se dan cuenta de que su proximidad al mar hace el tiempo increíblemente impredecible. Esto, sumado a la falta de una clara señalización de los senderos, resulta en varias misiones de rescate anuales. El Carrauntoohil es la montaña de 1000 metros con más accidentes de toda Europa. Ahora que sabemos esto, nos alegramos aún más de la decisión que hemos tomado de no subir a la cumbre. Eso sí, la idea de todos esos accidentes nos deja con mal cuerpo. Mirando atrás, el Kerry Way es una ruta fantástica, incluso sin coronar la cima. El hecho de habernos saltado esa parte, hace nuestra experiencia única.

Los siguientes seis días de ruta son menos espectaculares, pero igual de bonitos. Mayo todavía es temporada baja para los turistas en el Distrito de Reeks, por lo que incluso los pintorescos pueblos costeros de la península de Iveragh están semidesiertos.

En los tramos entre pueblo y pueblo parece no existir la civilización, solo hay colinas con pasos estrechos en las crestas que forman un embudo por donde sopla el viento procedente del Atlántico.

Estamos a solas entre vacas y coloridas ovejas. Mientras estas últimas pastan sin inmutarse por nuestra presencia, sus enormes compañeras prefieren plantarse en medio del camino y hacernos serpentear para no molestarlas.

Las únicas personas con las que nos cruzamos son irlandesas, y todas nos dan una cálida bienvenida a su isla. Un día que llovía, un hombre paró el coche y se ofreció a llevarnos hasta el pueblo más cercano. En otra ocasión, coincidimos dos veces con el mismo agricultor: una en el campo y otra en el supermercado al día siguiente, donde nos saludó como si nos conociera de toda la vida. Un día, se nos presentó la oportunidad de devolver el favor y nos ofrecimos a ayudar a un pastor a «dar caza» a una oveja y a su cría que no querían volver al corral. Después de once días, llegamos a Killarney, el punto de partida de nuestra ruta circular, y fue casi como volver a casa. Nos quedamos en la misma habitación del mismo bed and breakfast que el primer día. Esta vez, eso sí, nos dimos el capricho de degustar un riquísimo fish and chips de la tienda de la esquina.

La mejor manera de conocer la península de Kerry y a sus habitantes es, sin duda, haciendo una ruta a pie. Ya de vuelta en Berlín, nos vemos agobiados por el ritmo ajetreado de la ciudad y la gente que hay por todas partes. Añoramos los tranquilos pueblos costeros, la simpatía de la gente y la amplitud de los paisajes irlandeses.

Texto: Sebastian Kowalke
Fotos: Sebastian & Maren Kowalke

Sebastian y Maren usaron el planificador de varios días de Premium para la ruta. Después del viaje, organizaron su aventura en una Colección personal que compartieron con sus amigos.

Multi-day Planner iconplanificador de varios días

Collections iconColección personal

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