Mi bici, la lluvia y yo: los placeres de salir al monte con mal tiempo

Cuando Martin planeó su aventura en bici por los Alpes bávaros, tenía en mente paisajes espectaculares bañados por el sol. Lo que se encontró fue temperaturas invernales, viento y lluvias intensas. A pesar de todo (o quizás gracias a ello), su aventura fue mejor de lo esperado…

Llevo cinco minutos en la bici y ya me he planteado varias veces darme la vuelta. ¿Vale la pena seguir? Está lloviendo a cántaros y, en vez de el canto de los pájaros y el susurro de las hojas mecidas por la suave brisa veraniega, solo oigo el agua atacándome desde todos los ángulos posibles. Cuando pensé en hacer este viaje, me imaginé que, en pleno verano, las buenas temperaturas estaban aseguradas, pero los caprichosos duendes que controlan estas cosas tenían otros planes para mí.

Por lo menos, vengo bien preparado, como debe ser cuando uno se adentra en los Alpes. Lo poco que he traído está protegido en bolsas impermeables y la ropa que llevo resiste bien el agua y el frío. El único problema es que mi cabeza no quiere dejar de pensar en el sol.

Este viaje surgió a raíz de una reunión de negocios cerca de los Alpes a la que tenía que venir. «Ya que estamos—me dije—, podría llevar la bici y quedarme el fin de semana». Y así fue: de la sala de juntas directo a la montaña. Además, el refugio Albert Link, a 1000 metros de altitud, era perfecto para pasar la noche en esta pintoresca zona prealpina de Baviera. Todo este tiempo había estado imaginando bucólicos prados verdes llenos de vacas con cencerros y una noche tranquila y solitaria. Pero no…

Si tú también has visto cómo el mal tiempo frustraba tus planes de aventura, seguro que te ha pasado lo que me pasó a mí: al principio te da rabia y no eres capaz de quitártelo de la cabeza, pero una vez que te metes en harina, aceptas la realidad y la situación toma un nuevo cariz.

Cinco minutos más y ya estaba en modo ciclomontañero total, a pesar del chaparrón. Y es que, parece que tendré que renunciar al tan esperado desayuno campestre admirando el paisaje, pero quizás el toque místico de la lluvia logre compensarme. Solo había recorrido unos cuantos kilómetros cuando, de pronto, me di cuenta de la belleza que me rodeaba; distinta a la que se podría esperar en verano, pero increíblemente especial.

Tras el primer ascenso serio, noto que ya he calentado motores. La pendiente de la carretera es lo bastante pronunciada como para hacer que me derrape la rueda trasera y, entre los jadeos de mi acelerada respiración, oigo mis pensamientos: «¿Debería haber traído la mountain bike?». No me vendría nada mal tener más agarre, por no hablar de un mejor desarrollo para estas fuertes pendientes. En la bici de gravel, siempre tengo que esforzarme un poco más. Pero eso es lo de menos ahora mismo, lo que importa es estar aquí. El ascenso supone un enorme desafío físico y mental, pero al menos sé que cuando llegue a lo alto, me espera un tramo cuesta abajo.

Por fin empiezo a descender, y lo hago a tumba abierta, con los cinco sentidos en el terreno y sintiéndome más vivo que nunca. Tengo la nariz fría, pero el chubasquero cumple su función y me protege del aire fresco. Ahora sí que estoy empezando a disfrutar de verdad. Los duendes de ahí arriba me agrandan la sonrisa al regalarme un claro entre las nubes, que veo en cuanto salgo del bosque. El pueblo en el fondo del valle está inmerso en un halo de luz, como un faro que intenta guiarme. ¡Otro momento increíble que no me esperaba!

Salir en bici por las montañas siempre supone un desafío, independientemente del tiempo que haga. Por eso conviene tenerlo todo bien planificado y tomárselo con calma. Antes de salir, miré en qué pueblos podría comprar comida y organicé las etapas diarias en función de la distancia que quería recorrer. Sabía que, debido a la topografía, mi velocidad media sería inferior a la que estoy acostumbrado, así que planifiqué días generosos para llegar a mi destino al final de cada etapa sin tener que matarme. Además, eso me permitió parar sin prisa en sitios chulos que me encontraba y disfrutar de una taza de chocolate y un buen trozo de tarta en una terraza. No era el helado y el té con hielo que había imaginado, pero estaba igual de rico.

Cuando estoy en la bici, el tiempo pasa volando. Casi sin darme cuenta, me dispongo a atravesar enormes praderas alpinas donde la niebla parece haber quedado suspendida en el aire. En la siguiente parte del sendero, me adentro por barrancos estrechos, con impresionantes paredes de roca que ascienden a ambos lados. De fondo, se oye el ruido de un arroyo que compite con el tictac de las gotas sobre la grava para captar mi atención. De vez en cuando, tengo que esquivar alguna vaca que se cruza en medio del camino.  

Algunos de los senderos que se suponía que eran ciclables resultan ser técnicos y muy empinados, así que me toca portear la bici. Las horas pasan, el cansancio empieza a hacer mella y llega un momento en que me da igual si llueve o hace sol, lo único que quiero es llegar al refugio.

Al fin, en lo alto de un prado y envuelto en un velo de nubes blancas, aparece el Albert Link. Tan cerca y tan lejos… Por suerte, en un par de minutos me planto delante de la enorme puerta de madera. Desde aquí, me llega el murmullo de conversaciones animadas en el interior y el inconfundible estruendo de los cacharros en la cocina. Parece que estoy a dos pasos de una cena calentita.

Una vez dentro, me pongo ropa seca y me dejo invadir por el ambiente acogedor del refugio. Tras un largo día dando pedales, expuesto a la cara más adversa de la naturaleza, sienta bien saborear el logro que supone llegar al destino. El inesperado mal tiempo hace que esta pequeña victoria sepa aún más dulce y, además, ahora sé que da igual el frío que haga o lo que llueva, un día entre montañas siempre acaba siendo perfecto. Es hora de irse a la cama, pero el viaje continúa mañana.

Texto y fotos: Martin Donat

Martin usó los mapas específicos para cada deporte y el planificador de varios días de Premium para esta aventura.

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Multi-day Planner iconPlanificador de varios días

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